Después de meses de incertidumbre sobre el futuro de Libia el régimen de Muamar Kadafy se desmoronó en Trípoli mucho más rápido de lo que se pensaba, cuando la situación político-militar parecía empatada. Los rebeldes controlaban Bengazi, la segunda ciudad del país, y los leales a Kadafy parecían atrincherados en la capital con suficiente apoyo popular como para resistir mucho tiempo. En Europa y Estados Unidos se realizaron numerosos seminarios para analizar el escenario “post Kadafi” y pocos aventuraban cambios sustanciales en los próximos dos o tres años. ¿Qué permitió el rápido avance de las tropas rebeldes? Es difícil brindar ahora una respuesta acabada, pero es posible que en la sangría de sus propios hombres esté parte de la misma, además de la importancia de los bombardeos de la OTAN que fueron minando el poderío bélico de Kadafi. Desde que comenzó la rebelión Kadafi perdió a varios ministros de primera línea que se pasaron a la oposición, así como antiguos funcionarios, militares, embajadores y compañeros de armas, incluso de la revolución que lideró en 1969.
Algunos comparan la situación en Libia con la de Saddam Hussein en Irak. Sin embargo son más las diferencias que las similitudes. En Irak no hubo una revuelta popular, la inmensa mayoría de los ministros y funcionarios se mantuvieron al lado de Saddam Hussein hasta el final y éste fue derrocado por la intervención militar extranjera. En Libia, por el contrario, estalló una rebelión popular en febrero directamente influenciada por las revueltas en Túnez y Egipto y con motivos muy similares a los que movilizaron a millones en todo el mundo árabe. Ante la respuesta represiva de Kadafi y sus amenazas públicas de arrasar con el país decenas de funcionarios comenzaron a abandonar el barco cuando vieron que la OTAN intervenía al lado de los rebeldes. Salvo una tibia intervención de la Unión Africana para evitar la continuidad de la guerra civil y que no prosperó, a Kadafy lo abandonaron sus compañeros de la primera hora, sus más cercanos colaboradores y sus nuevos “amigos” europeos y norteamericanos que le toleraron sus excentricidades en estos últimos años. En algo se parece a Saddam Hussein. Como en su momento pasó con el iraquí, ahora Muamar Kadafy parece que se quedó sólo, esperando su triste y solitario final.
domingo, 28 de agosto de 2011
viernes, 19 de agosto de 2011
Chile es un país en ebullición
La protesta de los secundarios y universitarios se ha extendido de tal manera, que el gobierno del presidente Sebastián Piñera ahora tiene numerosos frentes abiertos. Ya no son solamente los estudiantes los que se movilizan.
Después de la dura represión policial del 4 de agosto contra una marcha de estudiantes, un cacerolazo masivo de repudio estalló a lo largo del país como no se había escuchado en más de veinte años.
Y las cacerolas no se guardaron, suenan durante todo el día en diferentes lugares.
Caminando por el centro de la capital uno también puede escuchar por doquier el irritante sonido de las vuvuzelas que hacen sonar los trabajadores en paro del Banco de Chile frente a muchas sucursales, aunque la mayoría de los medios de comunicación ni lo mencionen.
No es casual que en las marchas se cante “la tele miente”. Y en la plaza del coqueto barrio bohemio de Ñuñoa alrededor de las nueve de la noche decenas de personas se juntan y simplemente cacerolean. Ni hace falta decir por qué, todos entienden a quién va dirigido el cacerolazo.
Y a esto se le suma la convocatoria a un paro nacional el 24 y 25 de agosto de la Central Unitaria de los Trabajadores (CUT), con reclamos que van desde la estatización del sistema privado de jubilación hasta la eliminación de la Constitución aprobada durante la dictadura.
Además, la semana próxima culminará una de las protestas más originales que comenzó el 13 de junio, cuando unos estudiantes comenzaron a correr la “maratón de las 1.800 horas” alrededor del Palacio de la Moneda; y lo hacen flameando banderas durante las 24 horas, sin parar.
Aseguran que con 1.800 millones de dólares se podría financiar la educación de 300.000 jóvenes en un año, y que ese número equivale a un tercio de lo que gasta el Estado en doce meses en las Fuerzas Armadas.
El gobierno no sabe qué hacer, está a la defensiva y carece de iniciativa para generar propuestas, como lo reconocen con preocupación editoriales y columnistas de los diarios El Mercurio, La Tercera o el Diario Financiero.
Algunos dicen que hay un “Chile quebrado y en presencia de un inevitable choque de trenes”(DF), que el gobierno “está siendo acorralado”(EM) o “continuamente sobrepasado por los hechos”(LT).
Otros advierten que “no se puede admitir indefinidamente presión de muchedumbres y barbarie de exaltados”(EM).
En este contexto es muy preocupante que ante un nuevo aniversario del golpe de Estado de 1973 el alcalde de Santiago, Pablo Zalaquett, dijera hace unos días que si con las fuerzas policiales no alcanza “tendrán que pedir ayuda a las Fuerzas Armadas”. ¿Será este el choque de trenes que se avecina en Chile?.
Después de la dura represión policial del 4 de agosto contra una marcha de estudiantes, un cacerolazo masivo de repudio estalló a lo largo del país como no se había escuchado en más de veinte años.
Y las cacerolas no se guardaron, suenan durante todo el día en diferentes lugares.
Caminando por el centro de la capital uno también puede escuchar por doquier el irritante sonido de las vuvuzelas que hacen sonar los trabajadores en paro del Banco de Chile frente a muchas sucursales, aunque la mayoría de los medios de comunicación ni lo mencionen.
No es casual que en las marchas se cante “la tele miente”. Y en la plaza del coqueto barrio bohemio de Ñuñoa alrededor de las nueve de la noche decenas de personas se juntan y simplemente cacerolean. Ni hace falta decir por qué, todos entienden a quién va dirigido el cacerolazo.
Y a esto se le suma la convocatoria a un paro nacional el 24 y 25 de agosto de la Central Unitaria de los Trabajadores (CUT), con reclamos que van desde la estatización del sistema privado de jubilación hasta la eliminación de la Constitución aprobada durante la dictadura.
Además, la semana próxima culminará una de las protestas más originales que comenzó el 13 de junio, cuando unos estudiantes comenzaron a correr la “maratón de las 1.800 horas” alrededor del Palacio de la Moneda; y lo hacen flameando banderas durante las 24 horas, sin parar.
Aseguran que con 1.800 millones de dólares se podría financiar la educación de 300.000 jóvenes en un año, y que ese número equivale a un tercio de lo que gasta el Estado en doce meses en las Fuerzas Armadas.
El gobierno no sabe qué hacer, está a la defensiva y carece de iniciativa para generar propuestas, como lo reconocen con preocupación editoriales y columnistas de los diarios El Mercurio, La Tercera o el Diario Financiero.
Algunos dicen que hay un “Chile quebrado y en presencia de un inevitable choque de trenes”(DF), que el gobierno “está siendo acorralado”(EM) o “continuamente sobrepasado por los hechos”(LT).
Otros advierten que “no se puede admitir indefinidamente presión de muchedumbres y barbarie de exaltados”(EM).
En este contexto es muy preocupante que ante un nuevo aniversario del golpe de Estado de 1973 el alcalde de Santiago, Pablo Zalaquett, dijera hace unos días que si con las fuerzas policiales no alcanza “tendrán que pedir ayuda a las Fuerzas Armadas”. ¿Será este el choque de trenes que se avecina en Chile?.
jueves, 18 de agosto de 2011
En Chile los estudiantes no ceden
Recorrer Santiago en estos días es una experiencia de conflictividad social que se aparece en cualquier momento y a cualquier hora. Aunque nadie sabe exactamente cuantos son los colegios y universidades tomados, son tantos que uno tiene la sensación que están a la vuelta de cualquier esquina. Gigantes carteles cuelgan de numerosos edificios con consignas que van desde el reclamo de eliminar el lucro en un sistema educativo hasta la convocatoria de un plebiscito para que la ciudadanía decida si la educación debe ser pública y gratuita, un reclamo que cada día se extiende a más sectores sociales.
Cruzar la puerta de un colegio tomado es entrar a otro mundo. En varios están las sillas de los pupitres montados unos sobre otros formando barricadas y hay que encontrar un hueco para ingresar. En el Liceo Nº 1, en pleno centro de Santiago son jovencitas adolescentes las que administran la escuela con una seriedad que asombra por la edad de quienes ahora están al mando. Los afiches hechos a mano advierten que allí no se toma alcohol y que las puertas se cierran a la medianoche, como para que nadie crea que esto es un juego de niñas malcriadas. Atienden a los visitantes con seriedad y en el recorrido van mostrando los daños que dejó el último terremoto y que todavía no han sido reparados. Su explicación de porqué no están dispuestos a ceder ni un ápice en sus reclamos denota un gran conocimiento de sistema educativo que quieren cambiar. En muchos de los colegios tomados los jóvenes reciben el apoyo de sus padres y juntos organizan asambleas para decidir qué hacer día a día, aunque la última palabra parecen tenerla los más jóvenes. Es el caso de más de veinte estudiantes que decidieron iniciar una huelga de hambre ya hace más de un mes. Algunos la han abandonado, pero otros dicen que dejarán de ingerir líquidos, lo que representa un real riesgo de muerte. Camila Quintanilla estudia en el Liceo Darío Salas y es una de las huelguistas. Con absoluta frialdad asegura que está dispuesta ir hasta el final si el gobierno no acepta sus reclamos.
En las universidades se vive un clima parecido y algunas muy emblemáticas y tradicionales también se han sumado a las tomas como la Pontificia Universidad Católica –la PUC como le dicen aquí- que recién fue tomada hace unos días. A la noche el control es muy riguroso. Nadie quiere ningún problema y los infiltrados de la policía en algunas marchas provocando disturbios los mantiene en alerta.
Hoy, jueves 18 de agosto marchan otra vez en defensa de la educación pública. Exigen recorrer toda la Alameda que pasa frente al Palacio de La Moneda pero el gobierno de Sebastián Piñera no los quiere dejar marchar por allí y siempre les cambia el recorrido. Como en la Puerta del Sol en Madrid o la plaza Tajrir en El Cairo hay una pelea por ver quien controla el lugar más emblemático de la capital, porque con los símbolos también se ganan las batallas.
Cruzar la puerta de un colegio tomado es entrar a otro mundo. En varios están las sillas de los pupitres montados unos sobre otros formando barricadas y hay que encontrar un hueco para ingresar. En el Liceo Nº 1, en pleno centro de Santiago son jovencitas adolescentes las que administran la escuela con una seriedad que asombra por la edad de quienes ahora están al mando. Los afiches hechos a mano advierten que allí no se toma alcohol y que las puertas se cierran a la medianoche, como para que nadie crea que esto es un juego de niñas malcriadas. Atienden a los visitantes con seriedad y en el recorrido van mostrando los daños que dejó el último terremoto y que todavía no han sido reparados. Su explicación de porqué no están dispuestos a ceder ni un ápice en sus reclamos denota un gran conocimiento de sistema educativo que quieren cambiar. En muchos de los colegios tomados los jóvenes reciben el apoyo de sus padres y juntos organizan asambleas para decidir qué hacer día a día, aunque la última palabra parecen tenerla los más jóvenes. Es el caso de más de veinte estudiantes que decidieron iniciar una huelga de hambre ya hace más de un mes. Algunos la han abandonado, pero otros dicen que dejarán de ingerir líquidos, lo que representa un real riesgo de muerte. Camila Quintanilla estudia en el Liceo Darío Salas y es una de las huelguistas. Con absoluta frialdad asegura que está dispuesta ir hasta el final si el gobierno no acepta sus reclamos.
En las universidades se vive un clima parecido y algunas muy emblemáticas y tradicionales también se han sumado a las tomas como la Pontificia Universidad Católica –la PUC como le dicen aquí- que recién fue tomada hace unos días. A la noche el control es muy riguroso. Nadie quiere ningún problema y los infiltrados de la policía en algunas marchas provocando disturbios los mantiene en alerta.
Hoy, jueves 18 de agosto marchan otra vez en defensa de la educación pública. Exigen recorrer toda la Alameda que pasa frente al Palacio de La Moneda pero el gobierno de Sebastián Piñera no los quiere dejar marchar por allí y siempre les cambia el recorrido. Como en la Puerta del Sol en Madrid o la plaza Tajrir en El Cairo hay una pelea por ver quien controla el lugar más emblemático de la capital, porque con los símbolos también se ganan las batallas.
lunes, 15 de agosto de 2011
¿Hacia la refundación de Chile?
Seguramente cuando los estudiantes secundarios chilenos comenzaron a tomar los colegios en junio con reivindicaciones puntuales estaban muy lejos de imaginar que sus reclamos pondrían en jaque al sistema político en su conjunto.
Al poco tiempo se sumaron los universitarios y otras voces en apoyo a la consigna de una educación pública y gratuita. Es muy posible que también los funcionarios del gobierno pensaran que la protesta era similar a la protagonizada por los “pingüinos” en 2006 cuando reclamaron reformas edilicias en los colegios o el transporte público gratuito para todo el año.
El gobierno del presidente Sebastián Piñera creyó que le sería fácil deslegitimar al movimiento estudiantil asociando las tomas de los colegios y las marchas callejeras con la violencia. Sin embargo, el ingenio y creatividad de los estudiantes al impulsar protestas originales, pacíficas e incluso divertidas, permitió que vastos sectores de la población se sumaran al reclamo.
El gobierno no comprendió la corriente de simpatía que se había generado y con el apoyo de los principales medios de comunicación insistió en que la protesta era violenta y minoritaria. Pero al poco tiempo tuvo que renunciar el ministro de educación Joaquín Lavín.
Propuesta va, propuesta viene, el gobierno sólo atina a plantear que se acabe el caos, que los estudiantes levanten todas las tomas, retomen sus estudios y esperen que alguna comisión del Congreso incorpore a su agenda algunos puntos específicos de los reclamos.
En realidad, el gobierno de Sebastián Piñera ha comprendido que la dinámica de la lucha estudiantil excede la reforma del sistema educativo e implica un cuestionamiento del sistema político heredado de la dictadura. Por esta razón no puede aceptar la propuesta de un plebiscito sobre la educación.
Esto podría provocar un debate sobre todo aquello que la dictadura impuso, justamente sin confrontación de ideas. Si hubiera habido un debate democrático difícilmente se hubieran aprobado las ideas que traían los civiles que acompañaron a los militares.
En este contexto un plebiscito tiene un sentido profundamente democratizador para la sociedad chilena, porque obligaría a debatir desde la educación y la salud hasta el régimen de pensiones y la constitución aprobada en 1980 durante la dictadura.
Por otra parte, si los ministros y funcionarios del gobierno no suelen mencionar que la dictadura cambió las reglas de juego que existieron durante décadas en Chile es, entre otras cosas, porque muchos de ellos fueron parte de la dictadura o se identificaron con sus postulados. Abrir un debate sobre la educación e impulsar otro sobre la constitución tiene hoy un sentido fundacional para Chile.
Los diferentes actores, que incluye a los medios de comunicación que apoyaron el golpe de Estado de 1973, están tomando consciencia del momento histórico que están viviendo y que los jóvenes han abierto la caja de Pandora. Porque se trata, ni más ni menos, de la refundación de Chile.
Al poco tiempo se sumaron los universitarios y otras voces en apoyo a la consigna de una educación pública y gratuita. Es muy posible que también los funcionarios del gobierno pensaran que la protesta era similar a la protagonizada por los “pingüinos” en 2006 cuando reclamaron reformas edilicias en los colegios o el transporte público gratuito para todo el año.
El gobierno del presidente Sebastián Piñera creyó que le sería fácil deslegitimar al movimiento estudiantil asociando las tomas de los colegios y las marchas callejeras con la violencia. Sin embargo, el ingenio y creatividad de los estudiantes al impulsar protestas originales, pacíficas e incluso divertidas, permitió que vastos sectores de la población se sumaran al reclamo.
El gobierno no comprendió la corriente de simpatía que se había generado y con el apoyo de los principales medios de comunicación insistió en que la protesta era violenta y minoritaria. Pero al poco tiempo tuvo que renunciar el ministro de educación Joaquín Lavín.
Propuesta va, propuesta viene, el gobierno sólo atina a plantear que se acabe el caos, que los estudiantes levanten todas las tomas, retomen sus estudios y esperen que alguna comisión del Congreso incorpore a su agenda algunos puntos específicos de los reclamos.
En realidad, el gobierno de Sebastián Piñera ha comprendido que la dinámica de la lucha estudiantil excede la reforma del sistema educativo e implica un cuestionamiento del sistema político heredado de la dictadura. Por esta razón no puede aceptar la propuesta de un plebiscito sobre la educación.
Esto podría provocar un debate sobre todo aquello que la dictadura impuso, justamente sin confrontación de ideas. Si hubiera habido un debate democrático difícilmente se hubieran aprobado las ideas que traían los civiles que acompañaron a los militares.
En este contexto un plebiscito tiene un sentido profundamente democratizador para la sociedad chilena, porque obligaría a debatir desde la educación y la salud hasta el régimen de pensiones y la constitución aprobada en 1980 durante la dictadura.
Por otra parte, si los ministros y funcionarios del gobierno no suelen mencionar que la dictadura cambió las reglas de juego que existieron durante décadas en Chile es, entre otras cosas, porque muchos de ellos fueron parte de la dictadura o se identificaron con sus postulados. Abrir un debate sobre la educación e impulsar otro sobre la constitución tiene hoy un sentido fundacional para Chile.
Los diferentes actores, que incluye a los medios de comunicación que apoyaron el golpe de Estado de 1973, están tomando consciencia del momento histórico que están viviendo y que los jóvenes han abierto la caja de Pandora. Porque se trata, ni más ni menos, de la refundación de Chile.
domingo, 31 de julio de 2011
El asesino noruego no está sólo
En muchas oportunidades se presentan los asesinatos cometidos por individuos de extrema derecha como arranques de locura aislados. Es lo que está argumentando el abogado de Anders Breivick en Noruega.
Más allá de cuestiones psicológicas que puedan existir no cabe la menor duda de que estamos frente a un crimen político producto del inflamado discurso en contra de los inmigrantes en general -y los musulmanes y los árabes en particular- en Europa.
Varios partidos de derecha han condenado la matanza y han salido rápidamente a decir que ellos “no tenían nada que ver” con tal acto de fanatismo. Si bien es cierto que los partidos de la derecha europea en su mayoría están muy lejos de propiciar la expulsión masiva de los inmigrantes, no es menos cierto que dicen que los extranjeros deben adaptarse a las sociedades en las cuales viven, o abandonarlas.
Cuando la canciller alemana Angela Merkel asegura que el “multiculturalismo” ha fracasado es porque considera que no pueden convivir en su país culturas y religiones diferentes porque los “otros” (en este caso los turcos-musulmanes) tienen costumbres y hábitos que no hacen a la tradición alemana.
Los partidos de la derecha tradicional saben que no es políticamente correcto plantear la expulsión de estos inmigrantes que –en algunos países- ya son millones y han llegado para quedarse. Comprenden que Europa ha cambiado pero no saben cómo resolver “el problema”. Se puede expulsar a algunos cientos de libios, rumanos o gitanos, pero deportar a millones es imposible.
Los partidos de extrema derecha han crecido justamente por las contradicciones de la derecha tradicional que cada vez adopta más el discurso racista de los primeros, pero no pueden actuar en concordancia con lo que plantean. Y cuando algunos de los partidos de extrema derecha también se institucionalizan y no salen a la caza del inmigrante, se le abren las puertas a individuos seducidos por escritores y blogueros en internet dedicados a demonizar a musulmanes y árabes como si estos estuvieran a punto de conquistar el mundo occidental.
Su influencia es tan grande en la construcción de rumores y mentiras que incluso Barack Obama se vio obligado a decir durante su campaña electoral en 2008 que no era musulmán. Tampoco le alcanzó. Un año y medio después de asumir como presidente varias encuestas señalaron que había crecido el porcentaje de aquellos que creían que sí era musulmán.
Así se van creando los imaginarios colectivos, hasta que alguien decide actuar por su cuenta. Como en Noruega.
Más allá de cuestiones psicológicas que puedan existir no cabe la menor duda de que estamos frente a un crimen político producto del inflamado discurso en contra de los inmigrantes en general -y los musulmanes y los árabes en particular- en Europa.
Varios partidos de derecha han condenado la matanza y han salido rápidamente a decir que ellos “no tenían nada que ver” con tal acto de fanatismo. Si bien es cierto que los partidos de la derecha europea en su mayoría están muy lejos de propiciar la expulsión masiva de los inmigrantes, no es menos cierto que dicen que los extranjeros deben adaptarse a las sociedades en las cuales viven, o abandonarlas.
Cuando la canciller alemana Angela Merkel asegura que el “multiculturalismo” ha fracasado es porque considera que no pueden convivir en su país culturas y religiones diferentes porque los “otros” (en este caso los turcos-musulmanes) tienen costumbres y hábitos que no hacen a la tradición alemana.
Los partidos de la derecha tradicional saben que no es políticamente correcto plantear la expulsión de estos inmigrantes que –en algunos países- ya son millones y han llegado para quedarse. Comprenden que Europa ha cambiado pero no saben cómo resolver “el problema”. Se puede expulsar a algunos cientos de libios, rumanos o gitanos, pero deportar a millones es imposible.
Los partidos de extrema derecha han crecido justamente por las contradicciones de la derecha tradicional que cada vez adopta más el discurso racista de los primeros, pero no pueden actuar en concordancia con lo que plantean. Y cuando algunos de los partidos de extrema derecha también se institucionalizan y no salen a la caza del inmigrante, se le abren las puertas a individuos seducidos por escritores y blogueros en internet dedicados a demonizar a musulmanes y árabes como si estos estuvieran a punto de conquistar el mundo occidental.
Su influencia es tan grande en la construcción de rumores y mentiras que incluso Barack Obama se vio obligado a decir durante su campaña electoral en 2008 que no era musulmán. Tampoco le alcanzó. Un año y medio después de asumir como presidente varias encuestas señalaron que había crecido el porcentaje de aquellos que creían que sí era musulmán.
Así se van creando los imaginarios colectivos, hasta que alguien decide actuar por su cuenta. Como en Noruega.
martes, 12 de julio de 2011
Los “indignados” españoles llegaron para quedarse (Desde Madrid)
La Puerta del Sol en el corazón de Madrid hoy se asemeja muy poco a la clásica postal que ofrecen los folletos turísticos españoles. La estatua ecuestre de Carlos III, rey de España, está revestida de consignas anticapitalistas y a su pie una baldosa artesanal pegada a la verja dice “dormíamos, despertamos y aquí estamos!! Plaza tomada”.
Seguramente para muchos visitantes que pasan por allí es difícil comprender qué sucede en la plaza más céntrica y famosa de Madrid. Y esto no es nada comparado con el mes de mayo, cuando “Sol” -como la llaman familiarmente- era el centro de la protesta de los indignados y miles de personas la ocupaban día y noche. Aquí nació todo.
Tres meses después el movimiento se ha transformado y ahora Sol durante el día es más que nada un centro de información que le permite a uno acercarse y preguntar donde hay alguna actividad de las asambleas. El movimiento asambleario no desapareció como creyó el gobierno; todo lo contrario, se transformó y se trasladó a los barrios, y sólo en Madrid hay más de cien asambleas funcionando.
Al caer la noche este centro turístico de Madrid adquiere tintes surrealistas. Por un lado hay norteamericanos o rusos escuchando un grupo de mariachis y comprándole carteras baratas a unos senegaleses, siempre prontos a salir corriendo cuando ven a la policía. Por el otro, decenas de manifestantes dan vueltas a la plaza con una bandera que dice “contra la impunidad, solidaridad con las víctimas del franquismo”. En cualquiera de las peatonales que desembocan en Sol se pueden ver grupitos de personas sentadas en ronda en el piso debatiendo sobre el futuro de España. Son las comisiones de las asambleas que discuten desde el capitalismo, el poder de los bancos, la necesidad de organizar un referéndum sobre las reformas laborales o una huelga general contra el gobierno, hasta sencillas cuestiones técnicas de cómo pintar un mural.
Un argentino que haya participado en las asambleas vecinales que surgieron en Buenos Aires durante la crisis de 2001 encontrará muchas similitudes entre los dos movimientos asamblearios. Pero hay una diferencia notable. En la Argentina se salía de una década de hegemonía neoliberal y casi no había espejos en los cuales mirarse. En España, a pesar del bombardeo mediático de los grandes medios contra las experiencias progresistas latinoamericanas, algunos ya están comenzando a preguntarse cómo lo lograron.
En uno de los carteles alguien escribió “No podrán pararnos. Lo queremos todo y mucho más.” Difícil saber adónde llegarán, pero esto también va muy en serio.
Seguramente para muchos visitantes que pasan por allí es difícil comprender qué sucede en la plaza más céntrica y famosa de Madrid. Y esto no es nada comparado con el mes de mayo, cuando “Sol” -como la llaman familiarmente- era el centro de la protesta de los indignados y miles de personas la ocupaban día y noche. Aquí nació todo.
Tres meses después el movimiento se ha transformado y ahora Sol durante el día es más que nada un centro de información que le permite a uno acercarse y preguntar donde hay alguna actividad de las asambleas. El movimiento asambleario no desapareció como creyó el gobierno; todo lo contrario, se transformó y se trasladó a los barrios, y sólo en Madrid hay más de cien asambleas funcionando.
Al caer la noche este centro turístico de Madrid adquiere tintes surrealistas. Por un lado hay norteamericanos o rusos escuchando un grupo de mariachis y comprándole carteras baratas a unos senegaleses, siempre prontos a salir corriendo cuando ven a la policía. Por el otro, decenas de manifestantes dan vueltas a la plaza con una bandera que dice “contra la impunidad, solidaridad con las víctimas del franquismo”. En cualquiera de las peatonales que desembocan en Sol se pueden ver grupitos de personas sentadas en ronda en el piso debatiendo sobre el futuro de España. Son las comisiones de las asambleas que discuten desde el capitalismo, el poder de los bancos, la necesidad de organizar un referéndum sobre las reformas laborales o una huelga general contra el gobierno, hasta sencillas cuestiones técnicas de cómo pintar un mural.
Un argentino que haya participado en las asambleas vecinales que surgieron en Buenos Aires durante la crisis de 2001 encontrará muchas similitudes entre los dos movimientos asamblearios. Pero hay una diferencia notable. En la Argentina se salía de una década de hegemonía neoliberal y casi no había espejos en los cuales mirarse. En España, a pesar del bombardeo mediático de los grandes medios contra las experiencias progresistas latinoamericanas, algunos ya están comenzando a preguntarse cómo lo lograron.
En uno de los carteles alguien escribió “No podrán pararnos. Lo queremos todo y mucho más.” Difícil saber adónde llegarán, pero esto también va muy en serio.
sábado, 9 de julio de 2011
El colonialismo sigue vigente en Gibraltar (desde Gibraltar)
Las potencias coloniales que se disputaron y repartieron gran parte del planeta entre los siglos XVIII y XX no sólo tuvieron conflictos con las poblaciones locales, sino también entre ellas, algunos de los cuales todavía perduran. España considera que los territorios de Ceuta y Melilla en el norte de Afrecha le pertenecen y no está dispuesto a ningún tipo de negociación con Marruecos, pero reclama que los británicos se retiren de Gibraltar. Paradojas de la historia.
Gibraltar es hoy una diminuta ciudad más conocida por su peñón de 400 metros de altura que sobresale y está justo frente a Ceuta cruzando el estrecho. Una leyenda dice que Hércules con su fuerza separó la tierra para dejar pasar las aguas y por eso en ambas ciudades hay estatuas de Hércules haciendo fuerza para separar dos columnas. Si controlar el estrecho de por sí fue un objetivo estratégico, el inaccesible peñón se convirtió en una fortaleza que los británicos supieron conquistar y convertir en parte integral del Reino Unido en 1713. Sin embargo, el Comité de Descolonización de Naciones Unidas creado en 1961 considera que Gibraltar tiene un estatus similar al de las islas Malvinas y que debe ser restituido a quien posee una continuidad territorial, en este caso, España.
Para llegar a Gibraltar se puede tomar alguno de los vuelos que provienen de Londres, Liverpool o Manchester. Claro que es más sencillo ir a la ciudad española de Algeciras y allí tomar un autobús que lo deje a uno en un pueblo llamado “La Línea de la Concepción”, o simplemente “Línea”. Efectivamente, España aquí está separada del Reino Unido por una línea que ahora es una verja de unos 500 metros que hace de frontera y está a la entrada de la península. Esta tiene unos 5 kilómetros de largo por unos 600 metros de ancho, y un total de menos de 7 km cuadrados. Desde 1982 se puede pasar desde España, pero durante años estuvo cerrada a cal y canto y los gibralteños vivían con temor de que Francisco Franco intentara alguna aventura militar para recuperarla apelando a un discurso nacionalista.
Al cruzar la frontera se llega a una apacible ciudad británica de treinta mil habitantes que vive básicamente del turismo y actividades financieras. Es tan pequeña Gibraltar que al entrar y tomar la Winston Churchil Avenue se atraviesa la pista del aeropuerto y hay que prestar atención que no pase ningún avión. Inmediatamente se respira el típico ambiente de una ciudad británica con sus famosas cabinas telefónicas rojas, el buzón del mismo color y muchos restaurantes cuya especialidad –como no podía ser de otra manera- es “fish and chips” (pescado frito con papas fritas) aunque atendidos por mozos españoles o marroquíes. Del lado de la bahía de Algeciras están el pueblo y su puerto, y del otro -donde el peñón se eleva casi verticalmente desde el mar- apenas unas pocas edificaciones turísticas sobre las playas.
Los gibralteños se sienten parte del Reino Unido y lo han expresado en más de una oportunidad cuando se realizaron plebiscitos y fueron consultados al respecto. En pocas palabras, no quieren saber nada con una soberanía española, ni siquiera compartida. Aunque España invoque sus derechos naturales sobre toda la península el gobierno de su majestad hace valer su poderoso pasado colonial, su poderío y orgullo para hacer oídos sordos al reclamo. Como los españoles con Marruecos por Ceuta y Melilla.
Gibraltar es hoy una diminuta ciudad más conocida por su peñón de 400 metros de altura que sobresale y está justo frente a Ceuta cruzando el estrecho. Una leyenda dice que Hércules con su fuerza separó la tierra para dejar pasar las aguas y por eso en ambas ciudades hay estatuas de Hércules haciendo fuerza para separar dos columnas. Si controlar el estrecho de por sí fue un objetivo estratégico, el inaccesible peñón se convirtió en una fortaleza que los británicos supieron conquistar y convertir en parte integral del Reino Unido en 1713. Sin embargo, el Comité de Descolonización de Naciones Unidas creado en 1961 considera que Gibraltar tiene un estatus similar al de las islas Malvinas y que debe ser restituido a quien posee una continuidad territorial, en este caso, España.
Para llegar a Gibraltar se puede tomar alguno de los vuelos que provienen de Londres, Liverpool o Manchester. Claro que es más sencillo ir a la ciudad española de Algeciras y allí tomar un autobús que lo deje a uno en un pueblo llamado “La Línea de la Concepción”, o simplemente “Línea”. Efectivamente, España aquí está separada del Reino Unido por una línea que ahora es una verja de unos 500 metros que hace de frontera y está a la entrada de la península. Esta tiene unos 5 kilómetros de largo por unos 600 metros de ancho, y un total de menos de 7 km cuadrados. Desde 1982 se puede pasar desde España, pero durante años estuvo cerrada a cal y canto y los gibralteños vivían con temor de que Francisco Franco intentara alguna aventura militar para recuperarla apelando a un discurso nacionalista.
Al cruzar la frontera se llega a una apacible ciudad británica de treinta mil habitantes que vive básicamente del turismo y actividades financieras. Es tan pequeña Gibraltar que al entrar y tomar la Winston Churchil Avenue se atraviesa la pista del aeropuerto y hay que prestar atención que no pase ningún avión. Inmediatamente se respira el típico ambiente de una ciudad británica con sus famosas cabinas telefónicas rojas, el buzón del mismo color y muchos restaurantes cuya especialidad –como no podía ser de otra manera- es “fish and chips” (pescado frito con papas fritas) aunque atendidos por mozos españoles o marroquíes. Del lado de la bahía de Algeciras están el pueblo y su puerto, y del otro -donde el peñón se eleva casi verticalmente desde el mar- apenas unas pocas edificaciones turísticas sobre las playas.
Los gibralteños se sienten parte del Reino Unido y lo han expresado en más de una oportunidad cuando se realizaron plebiscitos y fueron consultados al respecto. En pocas palabras, no quieren saber nada con una soberanía española, ni siquiera compartida. Aunque España invoque sus derechos naturales sobre toda la península el gobierno de su majestad hace valer su poderoso pasado colonial, su poderío y orgullo para hacer oídos sordos al reclamo. Como los españoles con Marruecos por Ceuta y Melilla.
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