Durante los últimos años muchos gobiernos árabes instalaron la idea de que cualquier movimiento de protesta estaba vinculado de una u otra forma con Al Qaeda. Por un lado les sirvió a nivel interno para evitar el crecimiento de partidos opositores y –en particular- los islamistas. Por el otro, para coincidir con el discurso de Estados Unidos y recibir ayuda monetaria y militar para combatir un enemigo en común, el terrorismo.
Sin embargo, este fenómeno que se denomina Al Qaeda tuvo desde un comienzo como característica su completo aislamiento de partidos y movimientos políticos con una verdadera base social. Al Qaeda creció allí donde casi todas las vías de organización social estaban clausuradas y reclutó jóvenes desesperados capaces de inmolarse contra un blanco norteamericano como forma de expresar su descontento con la política de Estados Unidos en el mundo árabe e islámico.
En el libro "¿Qué es Al Qaeda?”, publicado en 2006, nos preguntábamos de qué les podían servir los métodos de Al Qaeda a los auténticos movimientos islámicos de masas como el Frente Islámico de Salvación en Argelia, el palestino Movimiento de Resistencia Islámico (HAMAS) o el Partido de Dios (Hezbolá) en el Líbano. La respuesta era contundente, de nada.
Estos movimientos, convertidos en partidos políticos de masas que participan de procesos electorales han utilizado la violencia contra sus gobernantes o contra una ocupación extranjera, pero en ningún momento se plantearon un combate global contra Estados
Unidos. Más allá de una retórica antinorteamericana, su principal objetivo es la toma del poder político en sus respectivos países, algo que Al Qaeda no plantea.
Las revueltas en Túnez y Egipto fueron pacíficas, masivas y tuvieron como objetivo central derrocar presidencias vitalicias y conseguir elecciones libres dentro de cada país. Esto no tiene ningún punto de contacto con los enunciados de Al Qaeda, que hace de sus ataques demostraciones exhibicionistas sin efecto político concreto para derrocar a tal o cual régimen.
Al Qaeda ha logrado hacer pie en aquellos lugares donde la participación política abierta es escasa y los jóvenes carecen de cualquier tipo de esperanzas. Si hay algo que caracteriza a estas revueltas árabes es la férrea protesta mezclada con alegría y la toma pacífica de los lugares públicos como las plazas, combinadas con reivindicaciones radicales. Además, el rechazo a todo tipo de violencia y la seguridad de estar construyendo un futuro mejor. Y eso explica también la ausencia de Al Qaeda.
http://www.elcomercial.com.ar/index.php?option=com_telam&view=deauno&idnota=27062&Itemid=116
sábado, 19 de febrero de 2011
martes, 15 de febrero de 2011
Pedro Brieger: El despertar democrático árabe
Algunos analistas sostienen que esta “revolución árabe” sólo es comparable en su profundidad con otros hechos históricos que cambiaron al mundo como la toma de la Bastilla en 1789, las revoluciones burguesas de 1848 en Europa o la caída del muro de Berlín en 1989. La historia nunca se repite, pero las comparaciones sirven como juego dialéctico para analizar la dimensión de un acontecimiento.
Y para comprender mejor la trascendencia de lo que está sucediendo hay que recordar que la inmensa mayoría de los árabes nunca conocieron la democracia. Muchos de ellos durante casi 400 años estuvieron dominados por el Imperio otomano sin libertades democráticas ya que eran súbditos de los turcos. Paralelamente, los británicos y los franceses comenzaron a ocupar territorios de la región para garantizarse puntos estratégicos entre Asia y Africa y tener un mayor control del comercio mundial.
En 1830 Francia ocupó Argelia y a fines del siglo diecinueve se abrió el Canal de Suez en suelo egipcio para beneficiar a las potencias europeas.
Cuando el Imperio otomano se desintegró durante la primera guerra mundial, Francia y el Reino Unido aprovecharon para repartirse sus dominios y crear países mediante un acuerdo secreto conocido como Sykes-Piccot, por el nombre de los funcionarios que lo firmaron. La población local nunca fue consultada.
Tampoco cuando las potencias coloniales decidieron colocar monarquías a dedo en Egipto o Arabia Saudita.
En Irak y Jordania incluso entronaron a dos hermanos, uno de los cuales todavía tiene a su bisnieto gobernando en Amman. En 1952 un golpe de Estado en Egipto provocó un terremoto en la región se derrocó la monarquía y accedió al poder Gamal Abdel Nasser, quien proclamó la República, impulsó el nacionalismo árabe y un proceso de nacionalizaciones que incluyó al Canal de Suez. En medio de la Guerra Fría, su gobierno tampoco se caracterizó por la ampliación de las libertades democráticas.
En los últimos treinta años, con la excepción del Líbano, prácticamente ningún país árabe tuvo elecciones libres, sindicatos independientes o partidos políticos que funcionaran sin el control del Estado. Los medios de comunicación están controlados por los gobiernos y las manifestaciones públicas prohibidas. Los pueblos en Túnez y Egipto quieren cambios profundos y parecen decididos a conseguirlos.
http://www.mdzol.com/mdz/nota/273660/ (15.02.2011)
Y para comprender mejor la trascendencia de lo que está sucediendo hay que recordar que la inmensa mayoría de los árabes nunca conocieron la democracia. Muchos de ellos durante casi 400 años estuvieron dominados por el Imperio otomano sin libertades democráticas ya que eran súbditos de los turcos. Paralelamente, los británicos y los franceses comenzaron a ocupar territorios de la región para garantizarse puntos estratégicos entre Asia y Africa y tener un mayor control del comercio mundial.
En 1830 Francia ocupó Argelia y a fines del siglo diecinueve se abrió el Canal de Suez en suelo egipcio para beneficiar a las potencias europeas.
Cuando el Imperio otomano se desintegró durante la primera guerra mundial, Francia y el Reino Unido aprovecharon para repartirse sus dominios y crear países mediante un acuerdo secreto conocido como Sykes-Piccot, por el nombre de los funcionarios que lo firmaron. La población local nunca fue consultada.
Tampoco cuando las potencias coloniales decidieron colocar monarquías a dedo en Egipto o Arabia Saudita.
En Irak y Jordania incluso entronaron a dos hermanos, uno de los cuales todavía tiene a su bisnieto gobernando en Amman. En 1952 un golpe de Estado en Egipto provocó un terremoto en la región se derrocó la monarquía y accedió al poder Gamal Abdel Nasser, quien proclamó la República, impulsó el nacionalismo árabe y un proceso de nacionalizaciones que incluyó al Canal de Suez. En medio de la Guerra Fría, su gobierno tampoco se caracterizó por la ampliación de las libertades democráticas.
En los últimos treinta años, con la excepción del Líbano, prácticamente ningún país árabe tuvo elecciones libres, sindicatos independientes o partidos políticos que funcionaran sin el control del Estado. Los medios de comunicación están controlados por los gobiernos y las manifestaciones públicas prohibidas. Los pueblos en Túnez y Egipto quieren cambios profundos y parecen decididos a conseguirlos.
http://www.mdzol.com/mdz/nota/273660/ (15.02.2011)
domingo, 13 de febrero de 2011
The false anxiety of influence (Hamid Dabashi)
Comparisons between Egypt's current uprising and Iran's 1979 revolution have become something of a cliché.
The mass demonstrations in Egypt against a US-backed dictator have reminded many observers of similar scenes from the Iranian Revolution of 1979, leading some to believe that another "Islamic Revolution" is in the making.
This is a false reading of the Iranian Revolution of 1977-1979; and an even more flawed reading of the Egyptian Revolution of 2011.
This, above all, is a logically flawed assimilation of a unique historical event that was ignited in Tunisia, has now spread to Egypt and perhaps will expand even farther in the Arab and Muslim world, to the point of even casting aside cliché terms, including and the most colonially pernicious of them all: "the Middle East".
Meydan al-Tahrir in Egypt today, like its counterpart Meydan-e Azadi in Tehran two years ago (the two Arabic and Persian terms mean exactly the same: "Freedom Square"), is the epicenter of a planetary reconfiguration of world politics.
Watershed moment
Irreducible to no other event, Egyptians gathering at Tahrir Square have staged a global spectacle of the democratic will of a people. The storming of the Bastille and the French Revolution of 1789 is the closest European event that comes near to what is happening in Egypt and its open-ended consequences for the global south. And, when the Bastille was happening, no one knew exactly what a new watershed had been marked in European history.
Allowing for its own metaphors gradually to emerge, the Egypt of 2011 is neither Iran of 1979 nor France of 1789 nor any other country of any other time. It is what it is: It is Egypt; and it is 2011.
What has happened in Tunisia and now in Egypt and perhaps even beyond is not tantamount to the fall of the Berlin Wall, or by extension what happened in Eastern Europe in the aftermath of the collapse of Soviet Union.
The Tahrir Square of 2011 is not the Tiananmen Square of 1989. Such lazy clichés, phony metaphors, and easy allegories send people after a useless goose chase preventing them from properly seeing the events in Tunisia and Egypt.
The emerging facts in Tunisia, Egypt, and Iran demand and will exact their own concepts and metaphors, leading to fresh insights, perspectives, and theories.
We are all blessed to be present at the historic moment of a massive epistemic shift, not merely in the geopolitics of the region, or the planetary configuration of power, but even more crucially, in the moral and political imagination that we must muster to come to terms with it.
False constructions
To reach for those fresh insights we must first clear the air of false assimilations and misbegotten metaphors and above all of the whole false anxiety of "influence". The falsifying trend of comparing the Egyptian revolution of 2011 to the Iranian revolution of 1979 is usually predicated on an ulterior ideological motive.
The pro-Isreali neocons in the United States and their Zionist counterparts in Israel compare the Egyptian and Iranian revolutions because they are frightened out of their wits by a massive revolutionary uprising in a major Arab country that may no longer allow the abuse of the democratic will of a people for the cozy continuation of a colonial settlement called "Israel".
Echoing the Israeli Prime Minister Binyamin Netanyahu, the Iranian neocon contingencies like Abbas Milani of the Hoover Institute think tank in California fear that the Muslim Brotherhood will take over the Egyptian revolution and create an Islamic Republic—habitually turning a blind eye to the fact that a fanatical "Jewish Brotherhood" has already created a Jewish Republic for more than sixty years in the same neighborhood.
Soon after Binyamin Netanyahu and Abbas Milani, and from precisely the opposite ideological direction, Ali Khamenei, the leader of the Islamic Republic and the vast petrodollar propaganda machinery at his disposal, celebrated what is happening in Egypt as a reflection of Khomeini’s will and legacy and the commencement of an "Islamic awakening". Not so fast, interjected an almost instant announcement from the Egyptian Muslim Brotherhood. This was not an Islamic Revolution, they explained, but an Egyptian revolution that belonged to all Egyptians—Muslims, Christians, people from other ideological persuasions.
Fighting theocracy
In between the frightful Zionist propaganda and Islamist wishful thinking myriads of other opinions have been aired over the last two weeks in one way or another measuring the influence of the Islamic Revolution in Iran over the revolutionary uprising in Egypt.
This is a false and falsifying presumption first and foremost because what happened in Iran during the 1977-1979 revolutionary uprising was not an "Islamic Revolution" but a violently and viciously "Islamised revolution".
A brutal and sustained course of repression—perpetrated under the successive smoke screens of the American Hostage Crisis of 1979-1981 and the Iran-Iraq War of 1980-1988, and the Salman Rushdi Affair of 1989-1999—is the crucial difference between an "Islamic" and "Islamised" revolution.
A cruel crescendo of university purges, cultural revolutions, mass executions of oppositional forces, and forced exile, took full advantage of domestic and regional crisisis over the last three decades to turn a multifaceted, modern, and cosmopolitan revolution into a banal and vicious theocracy.
The CIA-sponsored coup of 1953, the massive arming of Saddam Hossein to wage war against Iran, and the creation of the Taliban as a bulwark against the Soviet occupation of Afghanistan, all engineered by the United States, and the continued armed robbery of Palestine by Israel have been the regional contexts in which the Islamic Republic destroyed all its ideological and political alternatives and created a malicious theocracy, consistently and systematically abusing regional crisis to keep itself in power.
That historical fact ought to be remembered today so no false analogy or anxiety of influence is allowed to mar the joyous and magnificent uprising of Tunisians and Egyptians to assert and reclaim their dignity in a free and democratic homeland.
There is no reason whatsoever to believe that Tunisians or Egyptians will allow such a treacherous kidnapping of their dreams and aspirations by one fanatical ideological absolutism or another.
Ideological links
What we are witnessing in Tunisia and in Egypt today, as we in fact have been over the last two years in Iran, is a people’s democratic will to retrieve their cosmopolitan political culture, wresting it from colonial (Tunisia), imperial (Egypt), or tyrannical (Iran) distortion, deception, and corruption.
Even if we are to indulge in the false anxiety of influence, it is crucial to remember the historical fact that Egypt has had far more enduring influence on Iran than the other way around.
The entire Islamic ideology that prefigured the Islamist take over of the Iranian Revolution of 1977-1979, was predicated on the ideas of Egyptian thinkers ranging from Muhammad Abduh to Mahmud Shaltut to Sayyid Qutb. That Muhammad Abduh himself was a disciple of Seyyed Jamal al-Din al-Afghani points to the transnational disposition of our political cultures in the region that cannot be colonially fragmented and falsified.
But under no circumstances should we be limited in our understanding of the rich and effervescent political cultures of the region to Islamism of one sort or another, for this particular revolutionary politics has never been the only dimension of interaction among ideas and movements in our region.
Global hopes
Anticolonial nationalism extending from Jawaharlal Nehru's India to Mohammad Mossadegh's Iran to Gamal Abd al-Nasser's Egypt to Ahmed Ben Bella and Houari Boumediène’s Algeria (extending all the way to the Cuban revolution) has had catalytic consequences for and on each other beyond any colonially manufactured national boundary.
The same is true about revolutionary socialist movements where the Popular Front for the Liberation of Palestine (PFLP), for example, has had a far-reaching impact on Marxist movements in the region from Nepal to Morocco, from Afghanistan to Yemen. All these cross-metaphorisation of a defiant politics of hope and struggle point to the regional solidarities that have existed and informed these revolutionary uprisings far beyond the colonially manufactured and racialized nationalism of one sort or another.
All of this is only if we were to remain limited, and we must not, within the banal sphere of "influence". Who influenced whom and under what circumstances, is an exercise in colonial futility that constantly pits one group of Arabs or Muslims or Asians or Africans or Latin Americans against each other.
These divisions can be exacerbated by a mindless nationalism that prevents the clear sight of emerging geopolitics. Until it is realised we as a people will never be liberated from the nasty snare of trying to explain ourselves to “the West”, a figment of an arrested colonial imagination that racialised nationalism keeps perpetuating.
We must, once and for all, change our interlocutor, and begin to talk to ourselves. From Tehran to Tunis to Cairo and beyond, our innate cosmopolitan cultures are being retrieved, our hidden worlds discovered, above and beyond any anxiety of influence.
Egyptians are now achieving our collective future—for all of us. It was not destined for Iranians to do this in 2009--but the victory of Tunisians and the triumphant will of the Egyptians in 2011 will have unequivocal consequences for all other democratic and national liberation movements in the region.
Hamid Dabashi is the Hagop Kevorkian Professor of Iranian Studies and Comparative Literature at Columbia University.
Source: Al Jazeera (12.02.2011)
The mass demonstrations in Egypt against a US-backed dictator have reminded many observers of similar scenes from the Iranian Revolution of 1979, leading some to believe that another "Islamic Revolution" is in the making.
This is a false reading of the Iranian Revolution of 1977-1979; and an even more flawed reading of the Egyptian Revolution of 2011.
This, above all, is a logically flawed assimilation of a unique historical event that was ignited in Tunisia, has now spread to Egypt and perhaps will expand even farther in the Arab and Muslim world, to the point of even casting aside cliché terms, including and the most colonially pernicious of them all: "the Middle East".
Meydan al-Tahrir in Egypt today, like its counterpart Meydan-e Azadi in Tehran two years ago (the two Arabic and Persian terms mean exactly the same: "Freedom Square"), is the epicenter of a planetary reconfiguration of world politics.
Watershed moment
Irreducible to no other event, Egyptians gathering at Tahrir Square have staged a global spectacle of the democratic will of a people. The storming of the Bastille and the French Revolution of 1789 is the closest European event that comes near to what is happening in Egypt and its open-ended consequences for the global south. And, when the Bastille was happening, no one knew exactly what a new watershed had been marked in European history.
Allowing for its own metaphors gradually to emerge, the Egypt of 2011 is neither Iran of 1979 nor France of 1789 nor any other country of any other time. It is what it is: It is Egypt; and it is 2011.
What has happened in Tunisia and now in Egypt and perhaps even beyond is not tantamount to the fall of the Berlin Wall, or by extension what happened in Eastern Europe in the aftermath of the collapse of Soviet Union.
The Tahrir Square of 2011 is not the Tiananmen Square of 1989. Such lazy clichés, phony metaphors, and easy allegories send people after a useless goose chase preventing them from properly seeing the events in Tunisia and Egypt.
The emerging facts in Tunisia, Egypt, and Iran demand and will exact their own concepts and metaphors, leading to fresh insights, perspectives, and theories.
We are all blessed to be present at the historic moment of a massive epistemic shift, not merely in the geopolitics of the region, or the planetary configuration of power, but even more crucially, in the moral and political imagination that we must muster to come to terms with it.
False constructions
To reach for those fresh insights we must first clear the air of false assimilations and misbegotten metaphors and above all of the whole false anxiety of "influence". The falsifying trend of comparing the Egyptian revolution of 2011 to the Iranian revolution of 1979 is usually predicated on an ulterior ideological motive.
The pro-Isreali neocons in the United States and their Zionist counterparts in Israel compare the Egyptian and Iranian revolutions because they are frightened out of their wits by a massive revolutionary uprising in a major Arab country that may no longer allow the abuse of the democratic will of a people for the cozy continuation of a colonial settlement called "Israel".
Echoing the Israeli Prime Minister Binyamin Netanyahu, the Iranian neocon contingencies like Abbas Milani of the Hoover Institute think tank in California fear that the Muslim Brotherhood will take over the Egyptian revolution and create an Islamic Republic—habitually turning a blind eye to the fact that a fanatical "Jewish Brotherhood" has already created a Jewish Republic for more than sixty years in the same neighborhood.
Soon after Binyamin Netanyahu and Abbas Milani, and from precisely the opposite ideological direction, Ali Khamenei, the leader of the Islamic Republic and the vast petrodollar propaganda machinery at his disposal, celebrated what is happening in Egypt as a reflection of Khomeini’s will and legacy and the commencement of an "Islamic awakening". Not so fast, interjected an almost instant announcement from the Egyptian Muslim Brotherhood. This was not an Islamic Revolution, they explained, but an Egyptian revolution that belonged to all Egyptians—Muslims, Christians, people from other ideological persuasions.
Fighting theocracy
In between the frightful Zionist propaganda and Islamist wishful thinking myriads of other opinions have been aired over the last two weeks in one way or another measuring the influence of the Islamic Revolution in Iran over the revolutionary uprising in Egypt.
This is a false and falsifying presumption first and foremost because what happened in Iran during the 1977-1979 revolutionary uprising was not an "Islamic Revolution" but a violently and viciously "Islamised revolution".
A brutal and sustained course of repression—perpetrated under the successive smoke screens of the American Hostage Crisis of 1979-1981 and the Iran-Iraq War of 1980-1988, and the Salman Rushdi Affair of 1989-1999—is the crucial difference between an "Islamic" and "Islamised" revolution.
A cruel crescendo of university purges, cultural revolutions, mass executions of oppositional forces, and forced exile, took full advantage of domestic and regional crisisis over the last three decades to turn a multifaceted, modern, and cosmopolitan revolution into a banal and vicious theocracy.
The CIA-sponsored coup of 1953, the massive arming of Saddam Hossein to wage war against Iran, and the creation of the Taliban as a bulwark against the Soviet occupation of Afghanistan, all engineered by the United States, and the continued armed robbery of Palestine by Israel have been the regional contexts in which the Islamic Republic destroyed all its ideological and political alternatives and created a malicious theocracy, consistently and systematically abusing regional crisis to keep itself in power.
That historical fact ought to be remembered today so no false analogy or anxiety of influence is allowed to mar the joyous and magnificent uprising of Tunisians and Egyptians to assert and reclaim their dignity in a free and democratic homeland.
There is no reason whatsoever to believe that Tunisians or Egyptians will allow such a treacherous kidnapping of their dreams and aspirations by one fanatical ideological absolutism or another.
Ideological links
What we are witnessing in Tunisia and in Egypt today, as we in fact have been over the last two years in Iran, is a people’s democratic will to retrieve their cosmopolitan political culture, wresting it from colonial (Tunisia), imperial (Egypt), or tyrannical (Iran) distortion, deception, and corruption.
Even if we are to indulge in the false anxiety of influence, it is crucial to remember the historical fact that Egypt has had far more enduring influence on Iran than the other way around.
The entire Islamic ideology that prefigured the Islamist take over of the Iranian Revolution of 1977-1979, was predicated on the ideas of Egyptian thinkers ranging from Muhammad Abduh to Mahmud Shaltut to Sayyid Qutb. That Muhammad Abduh himself was a disciple of Seyyed Jamal al-Din al-Afghani points to the transnational disposition of our political cultures in the region that cannot be colonially fragmented and falsified.
But under no circumstances should we be limited in our understanding of the rich and effervescent political cultures of the region to Islamism of one sort or another, for this particular revolutionary politics has never been the only dimension of interaction among ideas and movements in our region.
Global hopes
Anticolonial nationalism extending from Jawaharlal Nehru's India to Mohammad Mossadegh's Iran to Gamal Abd al-Nasser's Egypt to Ahmed Ben Bella and Houari Boumediène’s Algeria (extending all the way to the Cuban revolution) has had catalytic consequences for and on each other beyond any colonially manufactured national boundary.
The same is true about revolutionary socialist movements where the Popular Front for the Liberation of Palestine (PFLP), for example, has had a far-reaching impact on Marxist movements in the region from Nepal to Morocco, from Afghanistan to Yemen. All these cross-metaphorisation of a defiant politics of hope and struggle point to the regional solidarities that have existed and informed these revolutionary uprisings far beyond the colonially manufactured and racialized nationalism of one sort or another.
All of this is only if we were to remain limited, and we must not, within the banal sphere of "influence". Who influenced whom and under what circumstances, is an exercise in colonial futility that constantly pits one group of Arabs or Muslims or Asians or Africans or Latin Americans against each other.
These divisions can be exacerbated by a mindless nationalism that prevents the clear sight of emerging geopolitics. Until it is realised we as a people will never be liberated from the nasty snare of trying to explain ourselves to “the West”, a figment of an arrested colonial imagination that racialised nationalism keeps perpetuating.
We must, once and for all, change our interlocutor, and begin to talk to ourselves. From Tehran to Tunis to Cairo and beyond, our innate cosmopolitan cultures are being retrieved, our hidden worlds discovered, above and beyond any anxiety of influence.
Egyptians are now achieving our collective future—for all of us. It was not destined for Iranians to do this in 2009--but the victory of Tunisians and the triumphant will of the Egyptians in 2011 will have unequivocal consequences for all other democratic and national liberation movements in the region.
Hamid Dabashi is the Hagop Kevorkian Professor of Iranian Studies and Comparative Literature at Columbia University.
Source: Al Jazeera (12.02.2011)
sábado, 12 de febrero de 2011
El día después (Por Ramiro Rodriguez, El Cairo)
Sé que iré en contra de lo que disponen los cánones del periodismo ortodoxo. No es que me hayan importado mucho alguna vez, pero no será hoy cuando me ajuste a ellos. No me pidan que no adjetive, no me pidan objetividad y distancia respecto de los acontecimientos. Cómo tenerlas cuando uno se siente conmovido hasta lo más profundo, cuando la felicidad de un pueblo lo rodea de abrazos, de sonrisas, de “welcomes” y hasta algún “bienvenido”, de gente que se desboca en un discurso lleno de gesticulaciones en el que uno apenas alcanza a entender “ana masri” (soy egipcio) o “¡horreya, horreya!” (libertad, libertad) o “howa emshi” (él se fue). Hoy es el día después; el día más impresionante que me ha tocado vivir en Egipto; el día, al fin de cuentas, en que un pueblo se puso al hombro su historia y empezó a reconstruir su tierra.
Ayer fue el día más importante de la historia reciente de Egipto. Una movilización sin precedentes logró lo que nadie imaginaba hace apenas tres semanas: la renuncia de quien había gobernado el país por casi 30 años. Sin embargo, no se trata simplemente de una vuelta de página en la línea política que conducirá el destino de los casi 85 millones de egipcios que pueblan este suelo. Es mucho más que eso, que tampoco fue poco.
En una ciudad habitualmente teñida del ocre que le impone el implacable desierto, desde hace 19 días los colores son más vivos, los rostros, a pesar del dramatismo de los momentos vividos, están colmados de vida, de fuerza. Abuelas de 80, pordioseros de 70, investigadores de 60, albañiles de 50, mujeres desempleadas de 40, jóvenes, millares de jóvenes, todos tienen hoy 19 años. La revolución, como la llaman, ha llegado mucho más hondo de lo imaginado: ha transformado la sociedad en muchos aspectos, ha transformado su cultura.
Los tiempos dan vértigo. Hace apenas tres semanas, caminar por algunas calles del centro de la ciudad era los más parecido a una rayuela en la que uno debía saltar entre la basura sin que el “cielo” tampoco estuviera demasiado limpio. Los barrenderos no daban abasto, la gente tiraba lo que tenía en la mano sin pensar demasiado el destino de su desecho ni cuánto podía afectar eso al que venía atrás. Hoy, en cambio, un ejército de muchachas y muchachos, de jóvenes y no tanto, los mismos que hasta anoche aguardaban que se les cumpliera un sueño, poblaron nuevamente la plaza Tahrir pero esta vez para reconstruir un espacio en semiruinas después de que fuera escenario de resistencia, de festivales, de recitados y discursos inflamados, pero también de combates aguerridos en los que muchos incluso dejaron sus vidas.
Con la urgencia de quien se siente responsable del cambio, este ejército trocó los palos y las piedras por escobas, palas y pinceles. Desde temprano a la mañana -seguramente sin siquiera haber dormido tras el anuncio de la dimisión del viejo líder, su victoria más notable-, de a decenas de miles empezaron a limpiar las calles de estropicios, a juntar las piedras que fueron hasta ayer la reserva preventiva ante posibles ataques, a descolgar carteles y a limpiar las pintadas que, en cada monumento, reivindicaban su lucha.
Pasándose bolsas de residuos, con tapabocas y guantes de látex, peleándose por las escobas que llegaban en camiones de vaya a saber dónde, intercalando el trabajo con los festejos, de hora en hora iban despejando la plaza emblemática de esta fenomenal movilización popular. Postales de una convicción y una solidaridad que ya se había manifestado cuando, una semana atrás, en el más irresponsable acto del gobierno de Mubarak, tras una brutal represión, la policía desapareció de las calles, dejándolas a merced de cuanto vivo o crápula anduviera por allí, cuadra por cuadra los vecinos se organizaron para custodiar sus calles, turnándose en las horas de sueño, compartiendo la comida y la oración.
Esta mañana hasta los cordones, eternamente gastados, volvieron a relucir: una cadena de muchachitas alrededor de las veredas, evitaban el paso mientras varios muchacho, a toda prisa, iban alternando de pintura blanca y negra el hormigón opaco de polvo y humo. A pocos metros, un padre con sus dos hijitos, acomodaba todo lo prolijo que podía, los adoquines que hace unas noches habían volado, en el sentido más literal de la expresión. Atrás de ellos, otros muchachos preparaban una mezcla de dudosas proporciones y la acomodaban con las manos sobre los adoquines recién colocados.
Esta mañana, la del día después, empezó la reconstrucción. Esta mañana, cansados de tanto festejo, grito y baile, todavía tenía energía para barrer, palear, cargar bolsas y abrazarse. Esta mañana un pueblo feliz se puso al hombro su historia y comenzó a andar.
Ayer fue el día más importante de la historia reciente de Egipto. Una movilización sin precedentes logró lo que nadie imaginaba hace apenas tres semanas: la renuncia de quien había gobernado el país por casi 30 años. Sin embargo, no se trata simplemente de una vuelta de página en la línea política que conducirá el destino de los casi 85 millones de egipcios que pueblan este suelo. Es mucho más que eso, que tampoco fue poco.
En una ciudad habitualmente teñida del ocre que le impone el implacable desierto, desde hace 19 días los colores son más vivos, los rostros, a pesar del dramatismo de los momentos vividos, están colmados de vida, de fuerza. Abuelas de 80, pordioseros de 70, investigadores de 60, albañiles de 50, mujeres desempleadas de 40, jóvenes, millares de jóvenes, todos tienen hoy 19 años. La revolución, como la llaman, ha llegado mucho más hondo de lo imaginado: ha transformado la sociedad en muchos aspectos, ha transformado su cultura.
Los tiempos dan vértigo. Hace apenas tres semanas, caminar por algunas calles del centro de la ciudad era los más parecido a una rayuela en la que uno debía saltar entre la basura sin que el “cielo” tampoco estuviera demasiado limpio. Los barrenderos no daban abasto, la gente tiraba lo que tenía en la mano sin pensar demasiado el destino de su desecho ni cuánto podía afectar eso al que venía atrás. Hoy, en cambio, un ejército de muchachas y muchachos, de jóvenes y no tanto, los mismos que hasta anoche aguardaban que se les cumpliera un sueño, poblaron nuevamente la plaza Tahrir pero esta vez para reconstruir un espacio en semiruinas después de que fuera escenario de resistencia, de festivales, de recitados y discursos inflamados, pero también de combates aguerridos en los que muchos incluso dejaron sus vidas.
Con la urgencia de quien se siente responsable del cambio, este ejército trocó los palos y las piedras por escobas, palas y pinceles. Desde temprano a la mañana -seguramente sin siquiera haber dormido tras el anuncio de la dimisión del viejo líder, su victoria más notable-, de a decenas de miles empezaron a limpiar las calles de estropicios, a juntar las piedras que fueron hasta ayer la reserva preventiva ante posibles ataques, a descolgar carteles y a limpiar las pintadas que, en cada monumento, reivindicaban su lucha.
Pasándose bolsas de residuos, con tapabocas y guantes de látex, peleándose por las escobas que llegaban en camiones de vaya a saber dónde, intercalando el trabajo con los festejos, de hora en hora iban despejando la plaza emblemática de esta fenomenal movilización popular. Postales de una convicción y una solidaridad que ya se había manifestado cuando, una semana atrás, en el más irresponsable acto del gobierno de Mubarak, tras una brutal represión, la policía desapareció de las calles, dejándolas a merced de cuanto vivo o crápula anduviera por allí, cuadra por cuadra los vecinos se organizaron para custodiar sus calles, turnándose en las horas de sueño, compartiendo la comida y la oración.
Esta mañana hasta los cordones, eternamente gastados, volvieron a relucir: una cadena de muchachitas alrededor de las veredas, evitaban el paso mientras varios muchacho, a toda prisa, iban alternando de pintura blanca y negra el hormigón opaco de polvo y humo. A pocos metros, un padre con sus dos hijitos, acomodaba todo lo prolijo que podía, los adoquines que hace unas noches habían volado, en el sentido más literal de la expresión. Atrás de ellos, otros muchachos preparaban una mezcla de dudosas proporciones y la acomodaban con las manos sobre los adoquines recién colocados.
Esta mañana, la del día después, empezó la reconstrucción. Esta mañana, cansados de tanto festejo, grito y baile, todavía tenía energía para barrer, palear, cargar bolsas y abrazarse. Esta mañana un pueblo feliz se puso al hombro su historia y comenzó a andar.
jueves, 10 de febrero de 2011
Tarik Ramadan: La Turquía democrática es el modelo
El País, 10/02/2011
Los sectores jóvenes de los Hermanos Musulmanes están fascinados con la experiencia turca. Conectan así con el fundador de la cofradía, Al Bana, que rechazaba la violencia y admiraba el parlamentarismo británico
Cuando las manifestaciones masivas se iniciaron en Túnez, ¿quién iba a pensar que el régimen de Ben Ali se vendría abajo tan rápido? ¿Quién podía prever que Egipto no tardaría en asistir a una protesta popular tan inaudita? Se ha derribado una barrera y nada volverá a ser lo mismo. Es bastante probable que, dada la centralidad de Egipto y su importancia simbólica, otros países sigan la senda. ¿Pero cuál será el papel de los islamistas después del derrumbe de las dictaduras?
Los islamistas ni lideran la revolución egipcia ni representan a la mayoría. Hoy siguen a El Baradei
Durante décadas, la presencia de los islamistas ha justificado la aceptación por Occidente de las peores dictaduras en el mundo árabe. Y fueron estos mismos regímenes los que demonizaron a sus oponentes islamistas, sobre todo a los Hermanos Musulmanes egipcios, que históricamente representan el primer movimiento de masas bien organizado y con influencia política del país. Durante más de 60 años, los Hermanos, ilegales pero tolerados, han demostrado una gran capacidad de movilización popular en las elecciones relativamente democráticas en las que ha participado, aquellas que han elegido, entre otros, a representantes sindicales o profesionales, concejales o parlamentarios. ¿Son los Hermanos Musulmanes el poder emergente en Egipto y, de ser así, qué podemos prever de una organización como la suya?
De Occidente hemos acabado por esperar análisis superficiales del islam político y, en concreto, de los Hermanos Musulmanes. Sin embargo, no solo el islamismo es un mosaico de tendencias y facciones divergentes, sino que sus múltiples y diversas facetas han ido surgiendo a lo largo del tiempo para responder a cambios históricos. Los Hermanos Musulmanes, que comenzaron su andadura en la década de 1930 en forma de movimiento no violento, legalista y anticolonialista, proclamaron la legitimidad de la resistencia armada contra el expansionismo sionista que se estaba produciendo en Palestina durante el periodo anterior a la II Guerra Mundial.
Entre 1930 y 1945, los textos de Hasan al Bana, fundador de la hermandad, demuestran que se oponía al colonialismo y que criticaba enérgicamente a los gobiernos fascistas de Alemania e Italia. Al Bana, que rechazaba el uso de la violencia en Egipto, aunque la consideraba legítima en Palestina como modo resistencia frente a las actividades terroristas de los grupos Stern e Irgún, creía que el parlamentarismo británico representaba el modelo más cercano a los principios islámicos. Su objetivo era la creación de un "Estado islámico" basado en una reforma gradual que se iniciaría con un plan de educación popular y con programas sociales de amplio alcance. Fue asesinado en 1949 por el Gobierno egipcio, por orden del ocupante británico.
Tras la revolución de Gamal Abdel Nasser de 1952, el movimiento sufrió una violenta represión y varias tendencias distintas surgieron en su seno. Radicalizados por la experiencia de la cárcel y la tortura, algunos de sus miembros (que acabarían por abandonar la organización) llegaron a la conclusión de que había que derribar el Estado a toda costa, aunque fuera violentamente. Otros siguieron ateniéndose al reformismo gradual de los inicios.
Muchos de los integrantes de la hermandad se vieron obligados a exiliarse: algunos en Arabia Saudí, donde recibieron la influencia de la ideología literalista saudí; otros, en lugares como Turquía e Indonesia, países mayoritariamente musulmanes en los que coexistían comunidades muy distintas. Por otra parte, otros se asentaron en Occidente, donde entraron directamente en contacto con la tradición europea de las libertades democráticas.
Hoy en día los Hermanos Musulmanes beben de todas esas visiones. Pero los líderes del movimiento ya no representan las aspiraciones de los más jóvenes que, mucho más abiertos al mundo y deseosos de promover reformas internas, están fascinados con el ejemplo turco. Detrás de la fachada de unidad y jerarquía, operan influencias contradictorias. Nadie puede decir en qué dirección irá el movimiento.
Los Hermanos Musulmanes no lideran la efusión que está derribando a Hosni Mubarak. Los Hermanos Musulmanes y el conjunto de los islamistas no representan a la mayoría. No cabe duda de que esperan participar en la transición democrática cuando Mubarak haya partido, pero nadie puede decir qué facción acabará imponiéndose. Entre los literalistas y los partidarios de la vía turca todo es posible, ya que la hermandad ha evolucionado de forma considerable durante los últimos 20 años.
Ni Estados Unidos ni Europa, por no hablar de Israel, permitirán fácilmente que el pueblo egipcio haga realidad su sueño de alcanzar la democracia y la libertad. Las consideraciones estratégicas y geopolíticas tienen tal peso que el movimiento reformista será objeto, y ya lo está siendo, de un minucioso seguimiento por parte de organismos estadounidenses, en colaboración con el Ejército egipcio, que, sirviéndose de prácticas dilatorias, ha asumido el crucial papel de mediador.
Al optar por colocarse detrás de Mohamed el Baradei, cabeza visible de quienes se manifiestan contra Mubarak, los líderes de los Hermanos Musulmanes han hecho ver que no es momento de destacarse y plantear exigencias políticas que pudieran asustar a Occidente, e incluso al propio pueblo egipcio. El lema es: prudencia. El respeto a los principios democráticos exige que todas las fuerzas que rechacen la violencia y acaten el Estado de derecho participen en igualdad de condiciones en el proceso político. Los Hermanos Musulmanes deben integrarse en el proceso de cambio, y así lo harán si llegara a establecerse un Estado mínimamente democrático.
Ni la represión ni la tortura han logrado eliminar a la hermandad, más bien al contrario. El debate democrático y el intercambio de ideas han sido los únicos factores que han influido en la evolución de gran parte de las tesis islamistas más problemáticas, que van desde la interpretación de la sharía hasta el respeto a la libertad y la defensa de la igualdad. Solo mediante el intercambio de ideas, no mediante la tortura y la dictadura, podremos encontrar soluciones que respeten la voluntad popular. El ejemplo de Turquía debería ser motivo de inspiración.
Occidente continúa utilizando la "amenaza islamista" para justificar su pasividad y el apoyo descarado a las dictaduras. Cuando la resistencia contra Mubarak subió de tono, el Gobierno israelí pidió repetidamente a Washington que respaldara a la junta militar egipcia. Mientras, Europa optó por sentarse a esperar.
Ambas actitudes son reveladoras: al fin y al cabo, frente a la defensa de los intereses políticos y económicos, poco peso tiene apoyar de boquilla los principios democráticos. Estados Unidos prefiere dictaduras que garanticen acceso al petróleo y dejen a los israelíes continuar su lenta colonización, antes que representantes populares creíbles que quizá no permitan el mantenimiento de esas situaciones.
Citar las voces de peligrosos islamistas para justificar que no se preste atención a las voces del pueblo es una actitud tan corta de miras como ilógica. Durante las Administraciones de Bush y de Obama, EE UU ha sufrido una gran pérdida de credibilidad en Oriente Próximo, y lo mismo puede decirse de Europa. Si los estadounidenses y los europeos no reevalúan sus políticas, puede que otras potencias de Asia y Sudamérica se inmiscuyan en su compleja estructura de alianzas estratégicas. En cuanto a Israel, que ahora se ha situado como amigo y protector de las dictaduras árabes, su Gobierno podría llegar a darse cuenta de que éstas solo están comprometidas con su política de ciega colonización.
El impacto regional de la retirada de Mubarak será enorme, pero es imposible predecir cuáles serán sus consecuencias. Después de las revoluciones tunecina y egipcia, el mensaje político está claro: con protestas masivas no violentas, cualquier cosa es posible y ya ningún Gobierno autocrático está del todo seguro.
Presidentes y reyes sienten la presión de este histórico punto de inflexión. El malestar ha llegado a Argelia, Yemen y Mauritania. También deberíamos fijarnos en Jordania, Siria e incluso Arabia Saudí. Esta preocupante situación de inestabilidad es al mismo tiempo muy prometedora. El mundo árabe está despertando con dignidad y esperanza. Los cambios auguran tiempos de esperanza para los auténticos demócratas y problemas para quienes sacrificarían los principios democráticos por mor de sus cálculos económicos y geoestratégicos. La liberación de Egipto parece solo el principio. ¿Quién será el siguiente?
Entre los musulmanes hay una masa crítica que apoyaría esa necesaria revolución surgida en el centro. Al final, únicamente las democracias que incorporen a todas las fuerzas políticas no violentas podrán llevar la paz a Oriente Próximo; una paz que también deberá respetar la dignidad de los palestinos.
Tariq Ramadan es profesor de Estudios Islámicos Contemporáneos en Oxford. Ramadan es nieto de Hasan al Bana, que en 1928 fundó los Hermanos Musulmanes.
Los sectores jóvenes de los Hermanos Musulmanes están fascinados con la experiencia turca. Conectan así con el fundador de la cofradía, Al Bana, que rechazaba la violencia y admiraba el parlamentarismo británico
Cuando las manifestaciones masivas se iniciaron en Túnez, ¿quién iba a pensar que el régimen de Ben Ali se vendría abajo tan rápido? ¿Quién podía prever que Egipto no tardaría en asistir a una protesta popular tan inaudita? Se ha derribado una barrera y nada volverá a ser lo mismo. Es bastante probable que, dada la centralidad de Egipto y su importancia simbólica, otros países sigan la senda. ¿Pero cuál será el papel de los islamistas después del derrumbe de las dictaduras?
Los islamistas ni lideran la revolución egipcia ni representan a la mayoría. Hoy siguen a El Baradei
Durante décadas, la presencia de los islamistas ha justificado la aceptación por Occidente de las peores dictaduras en el mundo árabe. Y fueron estos mismos regímenes los que demonizaron a sus oponentes islamistas, sobre todo a los Hermanos Musulmanes egipcios, que históricamente representan el primer movimiento de masas bien organizado y con influencia política del país. Durante más de 60 años, los Hermanos, ilegales pero tolerados, han demostrado una gran capacidad de movilización popular en las elecciones relativamente democráticas en las que ha participado, aquellas que han elegido, entre otros, a representantes sindicales o profesionales, concejales o parlamentarios. ¿Son los Hermanos Musulmanes el poder emergente en Egipto y, de ser así, qué podemos prever de una organización como la suya?
De Occidente hemos acabado por esperar análisis superficiales del islam político y, en concreto, de los Hermanos Musulmanes. Sin embargo, no solo el islamismo es un mosaico de tendencias y facciones divergentes, sino que sus múltiples y diversas facetas han ido surgiendo a lo largo del tiempo para responder a cambios históricos. Los Hermanos Musulmanes, que comenzaron su andadura en la década de 1930 en forma de movimiento no violento, legalista y anticolonialista, proclamaron la legitimidad de la resistencia armada contra el expansionismo sionista que se estaba produciendo en Palestina durante el periodo anterior a la II Guerra Mundial.
Entre 1930 y 1945, los textos de Hasan al Bana, fundador de la hermandad, demuestran que se oponía al colonialismo y que criticaba enérgicamente a los gobiernos fascistas de Alemania e Italia. Al Bana, que rechazaba el uso de la violencia en Egipto, aunque la consideraba legítima en Palestina como modo resistencia frente a las actividades terroristas de los grupos Stern e Irgún, creía que el parlamentarismo británico representaba el modelo más cercano a los principios islámicos. Su objetivo era la creación de un "Estado islámico" basado en una reforma gradual que se iniciaría con un plan de educación popular y con programas sociales de amplio alcance. Fue asesinado en 1949 por el Gobierno egipcio, por orden del ocupante británico.
Tras la revolución de Gamal Abdel Nasser de 1952, el movimiento sufrió una violenta represión y varias tendencias distintas surgieron en su seno. Radicalizados por la experiencia de la cárcel y la tortura, algunos de sus miembros (que acabarían por abandonar la organización) llegaron a la conclusión de que había que derribar el Estado a toda costa, aunque fuera violentamente. Otros siguieron ateniéndose al reformismo gradual de los inicios.
Muchos de los integrantes de la hermandad se vieron obligados a exiliarse: algunos en Arabia Saudí, donde recibieron la influencia de la ideología literalista saudí; otros, en lugares como Turquía e Indonesia, países mayoritariamente musulmanes en los que coexistían comunidades muy distintas. Por otra parte, otros se asentaron en Occidente, donde entraron directamente en contacto con la tradición europea de las libertades democráticas.
Hoy en día los Hermanos Musulmanes beben de todas esas visiones. Pero los líderes del movimiento ya no representan las aspiraciones de los más jóvenes que, mucho más abiertos al mundo y deseosos de promover reformas internas, están fascinados con el ejemplo turco. Detrás de la fachada de unidad y jerarquía, operan influencias contradictorias. Nadie puede decir en qué dirección irá el movimiento.
Los Hermanos Musulmanes no lideran la efusión que está derribando a Hosni Mubarak. Los Hermanos Musulmanes y el conjunto de los islamistas no representan a la mayoría. No cabe duda de que esperan participar en la transición democrática cuando Mubarak haya partido, pero nadie puede decir qué facción acabará imponiéndose. Entre los literalistas y los partidarios de la vía turca todo es posible, ya que la hermandad ha evolucionado de forma considerable durante los últimos 20 años.
Ni Estados Unidos ni Europa, por no hablar de Israel, permitirán fácilmente que el pueblo egipcio haga realidad su sueño de alcanzar la democracia y la libertad. Las consideraciones estratégicas y geopolíticas tienen tal peso que el movimiento reformista será objeto, y ya lo está siendo, de un minucioso seguimiento por parte de organismos estadounidenses, en colaboración con el Ejército egipcio, que, sirviéndose de prácticas dilatorias, ha asumido el crucial papel de mediador.
Al optar por colocarse detrás de Mohamed el Baradei, cabeza visible de quienes se manifiestan contra Mubarak, los líderes de los Hermanos Musulmanes han hecho ver que no es momento de destacarse y plantear exigencias políticas que pudieran asustar a Occidente, e incluso al propio pueblo egipcio. El lema es: prudencia. El respeto a los principios democráticos exige que todas las fuerzas que rechacen la violencia y acaten el Estado de derecho participen en igualdad de condiciones en el proceso político. Los Hermanos Musulmanes deben integrarse en el proceso de cambio, y así lo harán si llegara a establecerse un Estado mínimamente democrático.
Ni la represión ni la tortura han logrado eliminar a la hermandad, más bien al contrario. El debate democrático y el intercambio de ideas han sido los únicos factores que han influido en la evolución de gran parte de las tesis islamistas más problemáticas, que van desde la interpretación de la sharía hasta el respeto a la libertad y la defensa de la igualdad. Solo mediante el intercambio de ideas, no mediante la tortura y la dictadura, podremos encontrar soluciones que respeten la voluntad popular. El ejemplo de Turquía debería ser motivo de inspiración.
Occidente continúa utilizando la "amenaza islamista" para justificar su pasividad y el apoyo descarado a las dictaduras. Cuando la resistencia contra Mubarak subió de tono, el Gobierno israelí pidió repetidamente a Washington que respaldara a la junta militar egipcia. Mientras, Europa optó por sentarse a esperar.
Ambas actitudes son reveladoras: al fin y al cabo, frente a la defensa de los intereses políticos y económicos, poco peso tiene apoyar de boquilla los principios democráticos. Estados Unidos prefiere dictaduras que garanticen acceso al petróleo y dejen a los israelíes continuar su lenta colonización, antes que representantes populares creíbles que quizá no permitan el mantenimiento de esas situaciones.
Citar las voces de peligrosos islamistas para justificar que no se preste atención a las voces del pueblo es una actitud tan corta de miras como ilógica. Durante las Administraciones de Bush y de Obama, EE UU ha sufrido una gran pérdida de credibilidad en Oriente Próximo, y lo mismo puede decirse de Europa. Si los estadounidenses y los europeos no reevalúan sus políticas, puede que otras potencias de Asia y Sudamérica se inmiscuyan en su compleja estructura de alianzas estratégicas. En cuanto a Israel, que ahora se ha situado como amigo y protector de las dictaduras árabes, su Gobierno podría llegar a darse cuenta de que éstas solo están comprometidas con su política de ciega colonización.
El impacto regional de la retirada de Mubarak será enorme, pero es imposible predecir cuáles serán sus consecuencias. Después de las revoluciones tunecina y egipcia, el mensaje político está claro: con protestas masivas no violentas, cualquier cosa es posible y ya ningún Gobierno autocrático está del todo seguro.
Presidentes y reyes sienten la presión de este histórico punto de inflexión. El malestar ha llegado a Argelia, Yemen y Mauritania. También deberíamos fijarnos en Jordania, Siria e incluso Arabia Saudí. Esta preocupante situación de inestabilidad es al mismo tiempo muy prometedora. El mundo árabe está despertando con dignidad y esperanza. Los cambios auguran tiempos de esperanza para los auténticos demócratas y problemas para quienes sacrificarían los principios democráticos por mor de sus cálculos económicos y geoestratégicos. La liberación de Egipto parece solo el principio. ¿Quién será el siguiente?
Entre los musulmanes hay una masa crítica que apoyaría esa necesaria revolución surgida en el centro. Al final, únicamente las democracias que incorporen a todas las fuerzas políticas no violentas podrán llevar la paz a Oriente Próximo; una paz que también deberá respetar la dignidad de los palestinos.
Tariq Ramadan es profesor de Estudios Islámicos Contemporáneos en Oxford. Ramadan es nieto de Hasan al Bana, que en 1928 fundó los Hermanos Musulmanes.
miércoles, 9 de febrero de 2011
La situación en Egipto, Mubarak, el mapa del mundo árabe,
Videos de Visión 7 Internacional (sábado 5 de enero, 2011)
1)Rap contra el gobierno de Mubarak http:www.youtube.com/watch?v=-Os6DGhpftg
2)Mubarak www.youtube.com/watch?v=KgDW9zgC9
3)El mapa del mundo árabe http://www.youtube.com/watch?v=f-aRBOKHhaQ
1)Rap contra el gobierno de Mubarak http:www.youtube.com/watch?v=-Os6DGhpftg
2)Mubarak www.youtube.com/watch?v=KgDW9zgC9
3)El mapa del mundo árabe http://www.youtube.com/watch?v=f-aRBOKHhaQ
La revolución árabe
A mediados de los setenta un pequeño grupo de marxistas de varios países del Medio Oriente publicó un folleto titulado “La revolución árabe”. En ese entonces pensaban que los pueblos se levantarían contra los regímenes reaccionarios árabes que estaban impulsando una Pax Americana con Egipto a la cabeza, y que los obreros y campesinos llevarían adelante una revolución socialista. En 1970 había fallecido Gamal Abdel Nasser el gran líder del nacionalismo árabe, y su sucesor Anwar Sadat expulsaba a los soviéticos para tejer una alianza con Estados Unidos. Sadat pensó que podría reemplazar al Estado de Israel como aliado estratégico de Washington en la región y afianzar la hegemonía norteameri¬cana a través de una alianza tripartita con Arabia Sau¬dita y el "Sha" de Irán. El acuerdo de “Camp David” firmado con los israelíes tuvo como objetivo central afianzar la relación con la Casa Blanca y anular la creciente influencia del mayor factor revolucionario en la región, la Organización para la Liberación de Palestina liderada por Iasser Arafat.
Sin embargo, se consolidaron gobiernos autoritarios y corruptos en Irak, Egipto, Siria, Túnez o Argelia. Por el otro, monarquías hereditarias y represivas como la saudí, la jordana y la marroquí, o familias reales bañadas en petróleo con sus extravagantes golpes palaciegos donde los hijos deponen a sus padres para quedarse con el poder como en Omán o Catar. Durante unas décadas en la mayoría de los países se impuso una “estabilidad” autoritaria y el sueño de la “revolución” se esfumó.
Hasta que una chispa encendió la pradera como dice el antiguo proverbio chino. La revuelta popular en Túnez cambió todo el panorama. En tres semanas los tunecinos en las calles lograron la renuncia y posterior fuga del presidente Ben Ali. La mayoría de los gobernantes árabes y sus acólitos no creyeron que los afectaría, convencidos ilusoriamente que lo de Túnez era una “excepción”. Apenas diez días después millones se lanzaron a las calles en Egipto pidiendo la cabeza del presidente vitalicio Husni Mubarak.
Estamos asistiendo a unas movilizaciones sin precedentes en el mundo árabe que tienen como primer objetivo el desplazamiento de gobernantes atornillados a sus sillones. Pero está claro que el reclamo es mucho más profundo y ataca los cimientos de casi todos los regímenes árabes. Como si hubiera un brusco movimiento de las placas tectónicas se exige democracia, libertad de prensa, un cambio en las políticas económicas que dictan los organismos internacionales, distribución de la riqueza, mayor acceso a la educación, eliminación de la pobreza y un distanciamiento de la política instrumentada desde Washington o algunas capitales europeas. La revuelta en Túnez dejó en claro lo que en el mundo árabe todos saben respecto de los intereses de los países capitalistas desarrollados, muchos de los cuales ocuparon durante décadas el Medio Oriente y se lo repartieron en su beneficio. A los norteamericanos y europeos poco les importa el bienestar de las grandes mayorías árabes. Sí les interesa que les garanticen inversiones y fabulosas ganancias con la complicidad del Fondo Monetario Internacional que no se cansó de elogiar al gobierno de Túnez sabiendo que el Estado estaba manejado por una mafia familiar. Además, quieren que les aseguren el acceso al petróleo barato y que ningún país árabe ose cuestionar al Estado de Israel en su política represiva hacia los palestinos.
El mundo árabe estuvo siglos bajo el dominio del Imperio Otomano. Luego fue dividido y ocupado durante décadas por las potencias coloniales europeas. En el siglo veinte conoció monarquías dictatoriales y corruptas (muchas de las cuales todavía están allí), el fracaso del nacionalismo socializante de Nasser y movimientos islámicos a los cuales se les impidió gobernar.
El movimiento tectónico actual fue comparado por un diario saudí a las revoluciones burguesas de 1848 en Europa y la caída del muro de Berlín en 1989 que llevó a la disolución del bloque soviético. Esto es, una verdadera revolución que todavía cuesta saber cuál será su dimensión.
Nadie imaginaba que esto sucedería, que las grandes masas árabes aplastadas por décadas y lideradas ahora por una nueva generación de jóvenes levantaran cabeza. Y vaya que lo están haciendo. Debajo de las arenas del desierto los topos trágicos de Shakespeare que estuvieron excavando durante décadas sin poder salir a la superficie están muy cerca de encontrar una salida. Y si lo hacen, seguramente encontrarán a Marx diciendo “bien has cavado viejo topo!”
Sin embargo, se consolidaron gobiernos autoritarios y corruptos en Irak, Egipto, Siria, Túnez o Argelia. Por el otro, monarquías hereditarias y represivas como la saudí, la jordana y la marroquí, o familias reales bañadas en petróleo con sus extravagantes golpes palaciegos donde los hijos deponen a sus padres para quedarse con el poder como en Omán o Catar. Durante unas décadas en la mayoría de los países se impuso una “estabilidad” autoritaria y el sueño de la “revolución” se esfumó.
Hasta que una chispa encendió la pradera como dice el antiguo proverbio chino. La revuelta popular en Túnez cambió todo el panorama. En tres semanas los tunecinos en las calles lograron la renuncia y posterior fuga del presidente Ben Ali. La mayoría de los gobernantes árabes y sus acólitos no creyeron que los afectaría, convencidos ilusoriamente que lo de Túnez era una “excepción”. Apenas diez días después millones se lanzaron a las calles en Egipto pidiendo la cabeza del presidente vitalicio Husni Mubarak.
Estamos asistiendo a unas movilizaciones sin precedentes en el mundo árabe que tienen como primer objetivo el desplazamiento de gobernantes atornillados a sus sillones. Pero está claro que el reclamo es mucho más profundo y ataca los cimientos de casi todos los regímenes árabes. Como si hubiera un brusco movimiento de las placas tectónicas se exige democracia, libertad de prensa, un cambio en las políticas económicas que dictan los organismos internacionales, distribución de la riqueza, mayor acceso a la educación, eliminación de la pobreza y un distanciamiento de la política instrumentada desde Washington o algunas capitales europeas. La revuelta en Túnez dejó en claro lo que en el mundo árabe todos saben respecto de los intereses de los países capitalistas desarrollados, muchos de los cuales ocuparon durante décadas el Medio Oriente y se lo repartieron en su beneficio. A los norteamericanos y europeos poco les importa el bienestar de las grandes mayorías árabes. Sí les interesa que les garanticen inversiones y fabulosas ganancias con la complicidad del Fondo Monetario Internacional que no se cansó de elogiar al gobierno de Túnez sabiendo que el Estado estaba manejado por una mafia familiar. Además, quieren que les aseguren el acceso al petróleo barato y que ningún país árabe ose cuestionar al Estado de Israel en su política represiva hacia los palestinos.
El mundo árabe estuvo siglos bajo el dominio del Imperio Otomano. Luego fue dividido y ocupado durante décadas por las potencias coloniales europeas. En el siglo veinte conoció monarquías dictatoriales y corruptas (muchas de las cuales todavía están allí), el fracaso del nacionalismo socializante de Nasser y movimientos islámicos a los cuales se les impidió gobernar.
El movimiento tectónico actual fue comparado por un diario saudí a las revoluciones burguesas de 1848 en Europa y la caída del muro de Berlín en 1989 que llevó a la disolución del bloque soviético. Esto es, una verdadera revolución que todavía cuesta saber cuál será su dimensión.
Nadie imaginaba que esto sucedería, que las grandes masas árabes aplastadas por décadas y lideradas ahora por una nueva generación de jóvenes levantaran cabeza. Y vaya que lo están haciendo. Debajo de las arenas del desierto los topos trágicos de Shakespeare que estuvieron excavando durante décadas sin poder salir a la superficie están muy cerca de encontrar una salida. Y si lo hacen, seguramente encontrarán a Marx diciendo “bien has cavado viejo topo!”
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